jueves, 9 de enero de 2014

El príncipe que todo lo aprehendió en los libros, Ignacio Ballester

Jacinto Benavente
Parece que Jacinto Benavente (1866, Madrid), según la lectura de su obra teatral El príncipe que todo lo aprendió en los libros, aprehendió de las lecturas de su niñez algo más que una mera diversión, un pasatiempo; o quizá fue ese preciso pasatiempo el que lo llevó a ser Premio Nobel de Literatura en 1922.

            La trama de El príncipe que todo lo aprendió en los libros (resumida de forma clara por Rosa Moreno en la primera entrada de este blog) es sencilla: un príncipe sale de su reino para vivir las aventuras que de los libros ha aprendido y aprehendido; pues en ocasiones son estas historias las que lo guían, formando parte ya de él y de sus decisiones.

Cubierta de El príncipe que todo
lo aprendió en los libros
Los personajes (el Príncipe Azul, su bufón Tonino, el Preceptor, sus padres, el Rey Chuchurumbé, las tres hijas de este, la Vieja, el Ogro y su esposa la Bella, e incluso los Leñadores) cogen, asen, desde el primer momento al lector (normalmente niño, aunque no indispensable) y lo trasladan ‒como hacía Gerardísimo Gerardo en Si la palmera supiera…‒ desde la realidad que nos rodea a la fantasía que nos inquieta. ¿O al revés? En cierto modo, al igual que ocurría con El Quijote, llega un momento en que la dimensión creada por el autor (¿o por el lector?) conjuga realidad y ficción: ambas se solapan. Hasta el punto que los propios personajes (distinguidos, al menos al principio, entre “cuerdos” ‒Reyes y Tonino, entre otros‒ y “lerdos” ‒con el Príncipe a la cabeza‒) dudan de sus recuerdos; los papeles se intercambian: la Vieja se convierte en el hada que aconseja al príncipe, y este termina siendo consciente de la crueldad vital.
 Así pues, el niño que lea esta joya de Benavente viajará por los escenarios, épocas y gentes descritas de manera graciosa y burlona por un autor esencial en la LIJ. Además, si este texto teatral es representado, además de leído, por los propios alumnos, los beneficios que Aristóteles nos legó en su máxima "docere-delectare" se duplicarán: aprendiendo y aprehendiendo en los libros.


Representación del texto de Benavente

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